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Más derecho a vivir que el hijo de un pollo

La vida no es fácil para nadie y a menudo nos vemos sometidos a pruebas que nos gustaría evitar, escabullirnos de la presión. La incertidumbre y el dolor. Sin embargo, son esas pruebas las que miden nuestra capacidad de seguir enfocados  en leyes superiores, en el anhelo del alma. Pues esas pruebas bajo la visión del Yo superior son ¡tan útiles! Doblegan nuestro orgullo, someten nuestra autosuficiencia, y nos enseñan a  desapegarnos.

La Sabiduría ancestral dice que estas pruebas son el paso imprescindible para una nueva versión de nosotros mismos más madura, más sabia, más servicial y más libre.

La profunda ignorancia con la que en general nos enfrentamos a la vida desde nuestra niñez, el efecto arrollador de las hormonas, el efecto del espejismo en nuestras decisiones nos introduce en un camino lleno de piedras, a través de la Ley de Atracción, que nosotros mismos a través de la Ley de Renunciación acabaremos deshaciendo. Pero lleva ¡tanto tiempo! La vida debe simplificarse quieras o no.

Casi ninguno de nosotros ha sido educado en una familia donde le dieran mínimas instrucciones básicas basadas en la sabiduría de la vida. Casi nadie hemos sido educados en las leyes universales, ni en la morfología interior. Así desconociéndonos y desconociendo el mecanismo de la vida, nos introducimos en vericuetos muy alejados de la inteligencia y el amor. 

Es la madurez y los palos lo que atisba al individuo a buscar la respuesta a tantos pasos en falso, a la autoeducación donde uno se convierte en padre y madre de sí mismo enseñándose el camino de menor resistencia, el camino del desapego, el camino del medio.

Nos necesitamos unos a otros, la domesticación de nuestras personalidades a la visión interna , la descentralización de nuestro propio yo, el llevar una vida cumpliendo el deber que a cada uno le toque más allá del sentirse especial, del saberse con un destino especial…¡ay! que trampa tan grande. 

O es que tu ¿podrías confesar que secretamente no sientes que estás llamado a un ministerio especial?, ¿podrías asegurar que no te has preguntado o , lo peor, que no has preguntado a otro tu misión en esta vida?, que no has mirado por encima del hombro a otro por creerte sabedor
de algo íntimo y superior que los demás desconocen?, ¿acaso podrías jurar que no te crees merecedor de algo especial para ti?. Ese especialismo rotundo, paralizante, que siempre espera que alguien que venga de fuera te reconozca por fin…¡A la mierda!¡cuidado!¡huye en sentido contrario!. Ese especialismo debe ser sacrificado… reconocido y sacrificado. Pues es la más grande barrera que te separa del gozo de saberte pequeño como un alfiler.

Como dice Fran (un estudioso de la sabiduría ancestral que no recuerdo su apellido): ¿Por qué crees que tienes más derecho a vivir que el hijo de un pollo? No hermano mío, eres pequeño como una hormiguita, la tierra seguirá girando sin ti ( repitiendo la palabras de Djhwal Khul) y solo en esa pequeñez verás la lucecita que hay en ti y en ¡todos! Y lo más increíble te darás cuenta de que todos los problemas son tu problema y de que tu oración, tu pensamiento construido puede servir a tu hermano, a tus hermanos. No porque seas especial ¡vaya mierda! Sino porque todos somos Uno.

Foto de Christopher Burns en Unplash


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